Los Diarios de Jerez y Cádiz, del Grupo editorial Joly, publicaron recientemente un reportaje sobre Alfonso Catering, donde recogieron nuestra trayectoria profesional de los últimos 50 años

En un tono amable, la crónica, firmada por Juan Pedro Simo, hace una metáfora de nuestra historia dividiendo las etapas de trabajo en forma de menú.

Comenzando con los:

Entrantes. Toda esta increíble historia comenzó hace muchos, muchos años, en Sevilla. Veréis: El abuelito Antonio regentó en la tierra de Curro dos hoteles; todo iba sobre ruedas hasta que se torció. Poco después, su hijo Alfonso, hombre alto y apuesto, siguió la estela del padre. Sabía que dedicaría su vida a la dura hostelería. Y cuando ya parecía que la vida le había reservado un empleo de camarero, alguien le comentó por lo bajini que había una venta cerrada en Jerez, que era la ocasión, que estaba en la entrada sur, que lindaba con una gasolinera…

Sin encomendarse a Dios ni al diablo, Alfonso cogió a su mujer Pepa, la santa Pepa, y a sus hijos Alfonso y Antonio, se puso el mundo por montera, dejó Triana y olé y apareció en Jerez. Cuando los Rodríguez llegan a Jerez, la ciudad flotaba sobre las fortunas de las bodegas, que daban dinero hasta aburrir. Estaban en el momento y lugar oportunos. Alfonso y Pepa reabrieron el negocio de la venta de Cuatro Caminos. El negocio sobrevivía: Educaron a sus hijos, luego metieron cabeza en la Escuela de Comercio de Jerez, auténtica institución orgullo de la ciudad por donde pasaron los mejores apellidos y, poco después, ambos tomaron caminos diferentes.

Primer plato. Alfonso, Tacatito, se destapó desde muy joven como un gran emprendedor para su época. Trabajó y lavó platos desde los 18 años en hoteles de Tánger, Francia, Inglaterra o Alemania. Luego viajó por medio mundo. Pero fue en Mallorca donde descubrió que su suerte en el mundo de la restauración podría ir por otro lado. Fue allí cuando, mientras trabajaba en una empresa del aeropuerto mallorquín, oyó por vez primera una palabra que cambiaría la vida de los dos hermanos: Era ‘catering’, un término inglés no muy conocido en aquellos años; cada día se preparaba la comida que se transportaba al avión y se comía a kilómetros de distancia.

En esas andábamos cuando Alfonso recibe una llamada de su hermano Antonio desde Jerez. Le pide que vuelva con la familia, que el negocio de la venta se torcía y que su padre requería de la ayuda de sus dos hijos. Antonio y Alfonso se reencuentran en Jerez y ya, desde ese momento, lucharán juntos por un futuro mejor.

La verdad es que los dos hermanos se complementaban a la perfección. Alfonso tenía unas dotes especiales para las relaciones humanas, hablaba a la perfección el inglés y francés, hab ía acumulado enorme experiencia en el extranjero y manejaba una desenvoltura en el arte y la decoración que luego trasladaría a su trabajo. Antonio era muy diferente: aunque tampoco se le pueden negar su fino don de gentes, fue persona más reservada y sus cualidades de gestión fueron ejemplares.

Ambos convinieron que la fórmula del ‘catering’ podría salvales de ese atolladero. Con gran ojo y acierto, convencieron a la bodega Bobadilla de su proyecto: Comer en la propia bodega, lo nunca visto. El primer ‘catering’ que salió de la antigua venta al c omplejo de la calle Cristal a bordo de un viejo isocarro fue servido para cinco personas. Al ‘catering’ siguió en Bobadilla una boda de 300 invitados donde Alfonso ya puso en práctica una atrevidísima decoración, ‘gran pecado’ para aquel entonces, que tuvo resonante acogida. Como cuando se inauguraron las nuevas bodegas Bobadilla, con el actor Roger Moore como invitado, y se sirvió ‘la mariscada más grande que se celebró en Jerez’.

Alfonso y Antonio habían instaurado un servicio que en Jerez pocos conocían. Hace ahora cincuenta años, fundaron la sociedad ‘Alfonso Catering’ en honor a su padre. Todo fue muy rápido. Pasaron los años y el trabajo no faltó. Los viejos isocarros dejaron paso a blancas furgonetas con el nombre de la empresa que recorrían las calles de Jerez. Muchos pensaron que podría tratarse de uno de los apellidos familiares. La venta de Cuatro Caminos volvió a resurgir y aquella iniciativa pionera que Alfonso trajo bajo el brazo desde Mallorca se convirtió en un auténtico éxito. Era el inicio de una fulgurante carrera.

Alfonso es hombre de memoria. En su cabeza guarda infinitas historias, tantas que sería complejo recogerlas en estas páginas. Sevillano de origen pero jerezano por amor, es hombre sensible, adelantado empresario y divertido, muy divertido, apasionado de los toros, el arte y su trabajo. Supo adaptarse a la perfección en Jerez, mucho más tras su enlace con la jerezana Purificación Blanco, Pura, que le dio tres hijos: Alfonso, Sara y César. Pura fue también pieza clave en los comienzos de la sociedad. Aunque en la sombra, su hija Sara recuerda sus horas bordando los primeros manteles y telas de seda de Flandes o Barcelona. Su hermano Antonio, otro enamorado del trabajo, también casó con otra jerezana, María Teresa Macías, que engendró a sus hijos David, Eva, Jaime y Rocío. Sus méritos han sido ampliamente reconocidos. Tomó parte activa en la creación de Hostelsur y la patronal Horeca y se cuenta que su voz era una autoridad en las reuniones la Cámara de Comercio jerezana.

Cuando la venta se quedó pequeña, los hermanos Rodríguez consiguieron la concesión municipal de uso del restaurante ‘El Bosque’, en los jardines del antiguo parque Hontoria, donde todavía hoy está presente el ‘sello’ y marca Alfonso. Los setenta fueron años desbordantes: ‘Alfonso Catering’ cubría los servicios allá donde estuvieran y las bodas se amontonaban. Esto constituyó un gran espaldarazo. Aún hoy, las hijas de las hijas de familias de abolengo celebran su boda con el ‘catering’ Alfonso. No sólo es la comida, aconsejaba una y otra vez Alfonso a sus tres hijos: “El acto de alimentar bien no es lo único; debe convertirse en un recuerdo agradable, algo inolvidable”.

Segundo plato. Todo iba sobre ruedas. Los hermanos Alfonso atendían a la Casa Real, a jefes de Estado, presidentes de gobierno y la flor y nata del momento. Sabemos que Pérez Rubalcaba es persona que apenas come, que el mismísimo Aznar despreció el plato de gazpacho de fresa o que la Thatcher le daba al tarro que daba gusto. Luego se sucedieron multitud de eventos complicados, de los que los hermanos salieron airosos: Dieron de comer a más de 40.000 personas en la Ryder Cup, cubrieron el servicio de catering de los Juegos Ecuestres, organizaron la inauguración del circuito de velocidad o la cena privada que precedió a la boda de la infanta Elena en Sevilla. Alfonso consiguió celebrar una boda en Santander sobre un viejo árbol, fue pionero al ofrecer una cena en la Maestranza y, por dar de comer, ofreció hasta una cena para ejecutivos de Telefónica entre la frontera de Marruecos y Argelia ¡el mismísimo 11 -S! ‘Alfonso Catering’ se había convertido en un principal referente de la cocina andaluza y su trabajo en banquetes y congresos era reiteradamente alabado. Pero entre tanta alegría, siempre aparece un atisbo de tristeza.

El domingo 16 de octubre de 2005 fue un día triste en Jerez. Antonio se encontró con la muerte a los 67 años de edad tras una corta pero grave enfermedad. Su entierro fue multitudinario y el padre Fuego pronunció esta frase más que sentida: “Tú, que has sido rey mago, hoy estarás junto al Rey de Reyes, ayudándole a preparar el gran banquete”. Quizás, la gran pena de Antonio fue irse sin conocer que, nueve años después, el palacio de Ifeca llevaría su nombre como el empresario que revolucionó el ‘catering’. O el homenaje que el mundo del turismo tributó a los fundadores de la compañía.

Pero Alfonso continuó con su trabajo. Y hay anécdotas por doquier. Cuando el ‘catering’ tuvo que hacerse cargo del edificio del Gallo Azul, propiedad de Domecq, Alfonso sacó su capote de gala. Alfonso siempre albergó el sueño de contar con una bodega de vinagre. En esa obsesión, registró el nombre de ‘Gallo Azul’, que curiosamente olvidó hacer la firma del ‘Fundador’. Citó entonces a su gerente Ángel Lebrero y al recordado relaciones públicas de la bodega, José Manuel Álvarez. Almorzaron en ‘El Bosque’ y en una sola comida lograron cerrar un acuerdo. Alfonso no requeríría nunca ante los tribunales una compensación económica. Al contrario. Hizo cuentas y explicó a los comensales: “Mi jerez predilecto es el oloroso ‘Río Viejo’. Siempre he sido fiel a la marca y cliente habitual. Suelo tomar al día entre dos o tres copas y, como tengo previsto morirme a los cien años, porque bien sabéis que mi familia es longeva, he calculado que quinientas cajas colmaría mi afición hasta mi muerte. Os cedo el nombre a cambio de vino”.

Ángel y José Manuel quedaron boquiabiertos. Alfonso era así. Se firmó ante notario el acuerdo y, un día después, irrumpió en el restaurante un trailer de la bodega con las quinientas cajas de doce botellas del ‘Río Viejo’.

…y el postre. La ausencia de Antonio dejó coja la sociedad. A partir de aquí, se sucedieron cambios importantes en el negocio. Aquí aparece la figura del primogénito de Alfonso. Alfonso Rodríguez Blanco ha heredado las cualidades de su progenitor. Su padre le envió a estudiar a Estados Unidos, a la Universidad de Boston, donde cursó estudios de dirección de empresa y finanzas. Es, por tanto, un hombre preparado, cuarta generación de una familia ligada a la hostelería. Adquirió las participaciones de sus familiares, además de la parte que correspondía a su padre y hermanos, y se hizo con la titularidad absoluta del negocio. En César tiene un hermano y un grandísimo colaborador y cocinero. Es el continuismo.

Alfonso junior lleva desde hace años sobre sus espaldas el peso del negocio. Se ha estrenado en multitud de ocasiones, aunque para todos quedará en el pasado más reciente su dirección en en la comida de la Cumbre Europea celebrada en Sevilla o el almuerzo con el que el rey Juan Carlos agasajó a los presidentes de Gobierno durante la pasada Cumbre Iberoamericana en Cádiz. Pero siempre perdurará el sello y marca de Alfonso. Como aquel que imprimió en el Museo Taurino, en calle Pozo Olivar, donde se encerró con albañiles y de donde no salió hasta que suelos, paredes y techos quedaron marcados con su peculiar estilo.
Dicen que la dureza de la hostelería acaba con uno, pero por mi padre que no he visto yo en este hombre achaques tras una vida entera en pie. Por si acaso, relájese y que le quiten lo bailao. ¡Descanse ahora ‘míster Catering’! Total, para dos días que estamos aquí…

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1775200/anos/mister/catering.html

agosto 11, 2014

50 años de “Mister Catering”

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